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Joe L. González

 Su nombre es Joseph L. González. Vive en Estados Unidos. Editor y escritor. Licenciado en Humanidades, Rutgers State University y Master en Literatura Hispánica, Montclair State University, EE.UU. Ha publicado en revistas estadounidenses  como Men, The Wit and Wisdom of Watergate, y en  Escrivivientes, revista literaria de Montclair State University, New Jersey, EE.UU.   También ha publicado cuentos en Reflections, revista literaria de Academy for Lifelong Learning, Cape Cod Community College, Massachusetts, EE.UU. Entre sus libros:  Where I Came From. 

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EL EXTRAÑO CASO DE MONSIEUR MIOU MIOU

Un recuento basado en una anécdota de Daryl White

Cada vez que Rosendo regresaba a su casa al final del callejón sin salida odiaba verse obligado a cruzar aquel pequeño tramo desde el camino de entrada hasta la puerta de su cocina.  Lo que hacía el cruce particularmente pesado era la presencia del Monsieur Miou Miou entronado en el portal delantero de su vecina.  El gato blanco persa, con su expresión despectiva fijada en su cara ñata,  nunca dejaba de erizarse, sisear y enseñarle los colmillos al verlo.  Era un odio mutuo.  Aunque Rosendo adoraba los animales, no soportaba ese gato mimado y malcriado.  Petrona Anderson, su vecina y dueña de aquella fiera albina, adoraba su príncipe felino.  Ella le puso el nombre de Monsieur Miou Miou sin saber una gota de francés.  Cuando lo llamaba siempre pronunciaba ese título como “Monsuer” en esa manera ridícula de una persona que quiere aparentar lo que no es. Creía que, por haberse casado con el único americano del pueblo, esa asociación conyugal le daba el derecho de pasar por persona de alcurnia, y la autorización para regañar a sus vecinos si ellos no se esforzaban en llegar a su pretencioso nivel.   Ella era la vecina infernal, no solo por el gato, sino porque lo emboscaba diariamente con una nueva queja.  Cuando no era que debía recortar el césped del patio porque parecía una selva, era entonces que debía pintar la casa porque era la vergüenza del vecindario o porque sus perros ladraban incesantemente, cosa que dejaba a Monsieur Miou Miou por horas en un pleno ataque de nervios.  Rosendo toleraba su arrogancia porque cuando su esposa Dorila agonizaba con el cáncer uterino, Petrona sobrepasó su papel de vecina y lo ayudó a atenderla, atención que él nunca dejó de agradecerle.

            Aunque Rosendo tratara de escabullirse en puntillas hacia su puerta, el siseo del  gato enseguida alarmaba a Petrona, quien salía a detenerlo con un nuevo refunfuño.  Hoy no era la excepción.  Al oír el alboroto de Miou Miou, Petrona salió de su casa corriendo como una fiera en pos de su presa.  Rosendo logró entrar por la puerta antes que ella lo viera pero fue en vano.  En segundos oyó los golpes en la puerta y los gritos chillones de su vecina.

            —¡Rosendo! ¡Rosendo!

            Rosendo se resignó a sufrir las quejas de Petrona y abrió.  Inmediatamente se enfrentó con la cara de su vecina, tan enrojecida como el color de su cabellera mal teñida.  —¿Qué pasó, Petrona?—le preguntó pacientemente.  

            —¡Tienes que amarrar a esos monstruos! ¡Esos perros salvajes quieren matar a mi Miou Miou! —Rosendo juraba que Petrona tenía algo de dragón.  Sus ojos ardían como brasas.  De la boca le escapaba un aliento que podría incinerar a cualquiera que se le acercara.  Un día de estos se imaginaba que caería redonda de una apoplejía cerebral.

            —Lo dudo mucho, Petrona —respondió con calma—.  Ellos son juguetones, pero son mansos.

            —Mansos, ¡eh! —escupió Petrona—.  Escavaron un hueco a la orilla de la cerca para meterse en mi patio.  Si yo no los espanto, habrían comido a mi pobre Miou Miou.  ¡Vete a ver! —insistió.

            —Más tarde, Petrona.  Estoy cansado.

            —¡Más tarde no!  Tienes que rellenar ese hueco ahora, antes que esas bestias se metan en mi patio.

            —Está bien, Petrona. —Rosendo se dejó vencer—.  Ahora voy.

            Rosendo cerró la puerta y se dirigió hacia el pequeño salón en el fondo de la casa donde Dorila solía atender a sus clientas de peluquería y manicurista.  Él había mantenido todos los dispositivos de su trabajo tal como ella los dejó.  Nunca había encontrado el ánimo para regarlos o desecharlos.  Por eso tomó la decisión de instalar la televisión en la pequeña sala.  Por las tardes cuando se sentaba a disfrutar de los deportes televisados o alguna película de horror —sus favoritas—, observaba de reojo aquellos equipos de belleza y pretendía que su difunta esposa todavía lo acompañaba.

            Al final del salón Boris y Bela, la pareja reproductora de Rottweilers que ellos habían criado desde cachorros, ladraban tirándose con entusiasmo contra los cristales de las puertas francesas.  En el momento que las abrió, los Rottweilers saltaron sobre él, casi tumbándolo, lamiéndole la cara con gran afecto.  Rosendo los abrazó calmándolos como un padre a sus hijos hiperactivos.  Para él eran sus hijos.  Desde que los jimaguas se mudaron a Bauta para hacer sus vidas, los Rottweilers aportaban un calor familiar que le ayudaba a mitigar la soledad de aquella casa llena de silencio.

            Después de dejar a Boris y Bela entretenidos con la comida, Rosendo agarró la pala del cobertizo y, sin mucho apuro, atravesó el patio hacia la cerca donde Petrona lo esperaba impacientemente al otro lado.  

            —¡Mira ahí! —La vecina apuntaba el dedo índice derecho con el puño cerrado como si fuera una pistola indicando el lugar donde se había cometido el crimen canino.  Petrona tenía razón.  En el terreno de la valla de tela metálica había un hueco que con un poco más de esfuerzo pudiera haber sido suficientemente profundo para que los perros pudieran pasarse al otro patio.  Rosendo concedió la culpabilidad de sus mascotas.  Sin deseos de mirar la expresión de auto-satisfacción que cubría el rostro de la dragona, no demoró en rellenar el hoyo y apretar la tierra con el tacón de sus botas. 

            —¡Tienes que amarrarlos!  Son un peligro —insistió la vecina.  Rosendo no le contestó.  Conociendo muy bien a Monsieur Miou Miou, él estaba seguro de que el gato había instigado a la travesura de Boris y Bela.  Guardó la pala y volvió al salón de belleza, donde se sentó en su butaca lounge a tomarse una cerveza fría mientras miraba el juego de pelota en la televisión.  Boris y Bela, satisfechos de haber vencido el hambre y sin recibir reproche por el daño que causaron, se tiraron a los pies de su amo a roncar un rato.  La paz reinó por el momento.

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